Lucas Brea tiene diez años, unos aparatos metálicos que resaltan su sonrisa y una camiseta roja que en la espalda tiene el número once y el apellido Silvera. Y en el pecho, arriba y a la izquierda, un escudo con quince estrellas que muestra con orgullo. Lucas es uno de los cuatro Brea que, como cada vez que Independiente convoca, acudió al estadio de Alsina y Cordero con la excusa de celebrar los cien años de gloria del club. Su familia fue una de las miles que colmaron ayer ese templo que se llama ahora Libertadores de América para mostrarle al mundo que tienen un lugar de pertenencia, un sentimiento que los define y una fidelidad más fuerte que todas las crisis juntas.
Bastó que la actual conducción del club convocara a la Fiesta del Centenario para que miles de personas peregrinaran rumbo al estadio enfundados en ese rojo que los distingue. Porque ningún club grande de la Argentina se identifica tan claramente con un solo color como Independiente. Y entonces, roja se pone la calle Alsina desde que arranca en la Plaza. Roja es la multitud que salta mientras anochece en Avellaneda y las dos cabeceras se agitan como las banderas, también rojas, que invocan orgullos nacionales, paternidades, nombres de pila y barrios diversos. Rojo es el color que manda también en cada grito que dedica campeonatos e insultos, con atenciones especiales a Racing, a Boca y a la policía. "Esto es para Racing/para River y Boca/dicen que somo'amargos/nos ch...", asegura uno de los hits más entonados.
Cerca de 50 mil personas revientan el estadio. Son en realidad muchas menos que las que meses atrás unieron el Centro porteño con Avellaneda en una caravana impresionante. Y son tantos, y tan eufóricos, y con una identificación tan clara con su color, que deciden adueñarse de la fiesta por más que la organización preparó un show con animador y coreografías.
Hay, de todos modos, instantes en los que el bullicio y las canciones bajan el tono. A las 19.30, vestido de jugador de fútbol, Ricardo Bochini ingresa al campo para dar el puntapié inicial. Un silencio conmovedor precede a una sucesión de fuegos de artificio. "Bo-bo-chini", braman miles, muchos de los cuales lo gritan por primera vez. Arranca en pantalla gigante el resumen de la película Sangre Roja, de Adrián Caetano, y hay un mutismo que enseguida es ovación cuando aparece en escena el Pato Pastoriza. La gente estalla de nuevo cuando se muestran goles de Bochini a Boca, de Percudani al Liverpool, de Bochini a Racing, de Calderón a Córdoba, de Rambert a Navarro Montoya. Y se oye más fuerte al público que a la música que lanzan los parlantes.
Hay murgas y desfile de cracks mientras mamás orgullosas —como Florencia, la de Lucas— levantan a sus hijos para que vean mejor, asombrados unos y lagrimeando las otras. Se escucha América, de Nino Bravo, y la gente nombra a Agüero y a Bochini, le advierte a Boca que hay un solo Rey de Copas, y se burla de "esa empresa que se fue a la B".
Cerca de las 20 entra la Primera para jugar con River la Copa Desafío. Los locales lucen camisetas doradas, y en la espalda de cada jugador, un año y un título internacional. Sólo la del pibe Agüero tiene un alegórico 100. Es 0-0. Importa poco.
En la platea baja que da a Cordero, tras la vuelta olímpica de los históricos, los fuegos artificiales y el recuerdo de los que ya no están, los Brea empiezan a irse. Alejandro, el papá, cuenta que su abuelo figura en una plaqueta de la sede porque alguna vez fue vocal. Florencia recuerda que conoció a su marido en la pileta del club y que de hincha pasó a ser fanática. Bruno habla de Agüero y Frutos. Y Lucas, en nombre de miles que ayer armaron una fiesta que recordarán siempre, se toca el pecho a la altura del corazón, donde brillan el escudo y las quince estrellas.
Sergio Danishewsky
Fuente: Diario Clarín
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