Independiente venía entonado, con confianza y con tiempo de descanso y preparación. Boca llegaba agitado, también con confianza por el 1-1 en México en la ida de la final de la Sudamericana, pero con muchos viajes y partidos en pocos días. ¿Resultado final? 2-0 Boca. Y podría haber sido más amplio…
El Rojo comenzó el juego con buena actitud y mentalidad ganadora: se plantó en la mediacancha y trianguló bien cuando pudo juntar a Biglia, Orteman y Pusineri. Armenteros, en cambio, estaba más solo, contra la izquierda. Los primeros diez minutos mostraron un planteo rojo que luego decaería y llegaría hasta un nivel desesperante de lentitud y poca eficacia ofensiva.
¿Llegadas? Pocas. A los 10 Pusineri tuvo una clara opción en la que no cedió a Bustos Montoya, que estaba solo para definir, y la jugada terminó con la pelota fuera del terreno. A los 16 Biglia regaló un claro contragolpe que podría haber terminado con gol rojo, y un minuto después el mismo Pusineri no pudo imitar su gol santo de 2002, y esta vez el cabezazo lo pudo contener Abbondanzieri.
A los 25 minutos, el juez de línea que marcaba el ataque de Independiente cobró un offside a Agüero que no existió, en una jugada en la que Kun se iba solo para definir ante el arquero xeneize. El asistente, en ese primer tiempo, sólo cobró posiciones adelantadas de los jugadores del Rey de Copas, pero nunca le indicó al árbitro Ángel Sánchez acerca de los constantes fouls que los defensores de Boca le propinaban tanto a Agüero como a Bustos Montoya.
Luego del comienzo parejo y hasta mejor para el Rey de Copas, Boca logró sus objetivos primarios en marca, que le permitieron adueñarse de la mitad de la cancha, y por ende, del partido. Gago funcionó como un reloj y jugó impecablemente, mientras que Battaglia lo complementó con gran despliegue en la recuperación y posterior armado para llegar al arco de Ustari. Arriba, para culminar, Palacio se volvió intratable y le ganó sistemáticamente a todo defensor de Independiente al que se le cruzaba.
El Rojo perdió la mitad de la cancha, y perdió el partido. Por eso, pareció que el equipo se cayó a pedazos cuando en el segundo tiempo, a los 13 minutos, Palermo (que por movilidad y juego ya parece un ex jugador más que un profesional del fútbol) convirtió el justo 1-0 en una injusta jugada, en la que Boca gozó de la suerte de aprovechar cuatro rebotes (sí: cuatro rebotes consecutivos) a favor en el área roja, hasta que el último (un remate de Battaglia que se iba afuera) pegó en el goleador -de flojo paso por el fútbol europeo (algo nada raro en “estrellas” del Boca de Macri)- y descolocó a Ustari, quien, a pesar de la derrota final, tuvo un magnífico encuentro, y ratificó que debe formar parte del trío de guardavallas de la Selección en Alemania 2006.
Con el 0-1, el equipo se cayó, no pudo modificar el lento ritmo que había tenido, y encima no pudo llegar nunca más al arco de Boca. El aislamiento de Agüero sorprendió a propios y extraños, y la poca luz irradiada por el nuevo pibe de oro del fútbol argentino le dará de comer a los amarillistas medios deportivos, que encima resaltarán supuestos grandes trabajos de Schiavi (un tipo que debería agradecerle a Dios cada segundo de su vida por poder jugar en la primera de un equipo de fútbol) y de Daniel Díaz, cuando en realidad, ambos tuvieron poca acción por el escaso peso ofensivo de los delanteros rojos y no tanto por aciertos propios.
Los cambios de Julio Falcioni (en especial el primero) extrañaron bastante (aunque no a sus detractores): cuando ya íbamos perdiendo, a los 24 minutos del 2do. tiempo, sacó a Armenteros (de flojo partido) y puso a Fabro, quien, como siempre decimos en esta columna, no tiene “pasta” para resolver partidos “chivos”, y menos cuando estamos perdiendo. ¿No habría que haber metido un 3er. delantero para jugársela? La sustitución, en cambio, pareció como que quiso “cerrar” el encuentro. Que cada hincha lo piense y tenga la conclusión que desee…
Luego, lo conocido: expulsión de Fernando Cáceres (bastante tonta e innecesaria, por cierto), cambio de Marcelo Méndez por Lorgio Álvarez para marcar con línea de 3, y mientras tanto, Boca errando goles imposibles (sólo Palermo puede hacerlo con semejante “estilo”) y Ustari sacando todo lo que podía, hasta con los pies.
Para cerrar un partido para el olvido, y cuando la derrota era dolorosa, llegó el gol del “Pocho” Insúa, el último gran traidor del fútbol argentino, que encima ahora declara que se fue porque Comparada no quiso comprarle el pase, cuando en los pasillos de la sede todo el mundo sabe que, luego de aquel partido que el Rojo le ganó a Arsenal en el torneo pasado y en el que se fue ovacionado de la entonces “Doble Visera”, Federico le dijo a Julio “Me muero por jugar en Boca”. ¿A quién creerle? ¿Al presidente rojo, que siempre dijo su versión y aún la mantiene? ¿O al “Pocho”, que recién ahora, seis meses después, gira toda la situación y la reduce a que no le compraron el pase como le habían prometido? ¿No es el mismo jugador que dijo que iba a la Rivera porque era un “progreso profesional”? A confesión de partes, relevo de pruebas.
Igualmente, Insúa no gritó ninguno de los dos goles (ni el del flipper ni el suyo), y hasta llegó a hacer un gesto de “perdón” dirigido a la tribuna roja tras el 0-2. Por lo visto, el “Pocho” aún siente algo por el Glorioso Independiente, y por esa gente que festejaba sus caños y sus gambetas, cuando el equipo ganaba y también cuando no le iba del todo bien. ¡Qué diferencia con esta hinchada que tiene ahora, que insulta a su DT y luego lo alienta, sólo por un resultado positivo! ¡Qué diferencia con la Nº 12, que lo miró de reojo y hasta lo insultó hasta que le metió los 2 goles a Vélez, y que contra Independiente lo ovacionó sólo porque se sabía que la hinchada roja lo tendría de punto! En estos seis meses, Insúa se debe haber dado cuenta de la diferencia de lo que es jugar para la platea de la visera y lo que es hacerlo para la de la Bombonera, la luz de distancia entre el fútbol que disfrutamos (y que sentimos) nosotros, y el que prefieren ellos. Por algo, ellos gritan “huevo, huevo, huevo” y nosotros tenemos “paladar negro”. Seguramente, Insúa ya se debe haber dado cuenta… Pero ahora ya es tarde, la traición ya fue consumada. El tiempo dirá cómo termina su carrera en Boca.
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